jueves, 20 de marzo de 2014

Quebraderos de cabeza: Ucrania y el polvorín de Crimea

Tras intentar resistirme a debatir sobre el tema que copa todos los periódicos, al final he cedido a escribir una entrada. Los recientes acontecimientos en Ucrania reflejan un panorama muy complejo y  a la vez complicado del cual no pretendo decir nada nuevo que no se haya dicho, sino plasmar mis impresiones sobre los eventos ocurridos y los que es posible que estén por ocurrir.

Una de las claves que hacen de Ucrania un Estado difícil de llevar es la polarización ahondada en las características culturales y lingüísticas de su sociedad. Las provincias o óblasts occidentales son mayoritariamente de habla ucraniana, sin embargo las orientales y del sur son de habla rusa.

Como todo aquel que lee la prensa, sabemos que el detonante de la crisis actual en Ucrania, mencionado por los medios de comunicación, comienza con la suspensión de la firma del Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio del gobierno del depuesto presidente Viktor Yanukovich con la Unión Europea, el 20 de noviembre de 2013. El descontento social en la capital ucraniana se dejó notar, y entonces no muchos internacionalistas preveían que la crisis pudiera alcanzar unas dimensiones preocupantes. Tenemos el precedente de la Revolución Naranja en 2004 donde ya el señor Yanukovich era acusado de fraude por amañar las elecciones, a lo que las protestas obligaron a repetir el proceso electoral del que el lider prooccidental Viktor Yúschenko salió elegido.

Atendiendo a la división polarizada antes hecha, tradicionalmente en las elecciones ucranianas se ha vislumbrado esta división: la mayoría de votantes a los partidos políticos prooccidentales y nacionalistas se concentran en el Oeste, mientras que los votantes de partidos prorrusos en el Este.

En el caso de la destitución forzada del expresidente Yanukovich responde a un profundo descontento social ante la concentración de poder del presidente, el recorte de la libertad de expresión y los escándalos de corrupción que salpicaban a los más altos cargos. La crisis económica empujaba y empuja a los ciudadanos de Kiev a buscar un medio para cambiar el rumbo que el gobierno estaba llevando al país.
Muchos sectores de la sociedad consiguieron hacer de la emblemática plaza de Maidán de Kiev una verdadera batalla campal, entre las fuerzas de seguridad y según algunas informaciones, una mano negra enviada por el gobierno de Rusia, la batalla dejó de ser una protesta para convertirse en una carnicería con más de cien víctimas mortales. Al fin y al cabo, se consiguió el propósito de hacer huir al presidente y acaparar el poder del Parlamento.

Hoy no se constituiría una crisis tan grave si no fuera por la singularidad de Ucrania en su conformación territorial, demográfica y la importancia estratégica que tiene para Rusia. Esta por su parte expresa su rechazo rotundo a la deposición de su aliado Yanukovich, escudándose en la existencia de grupos ultranacionalistas que hoy por hoy son una fuerza importante en el nuevo Parlamento y copan algunos ministerios del gobierno interino. Los hechos en Kiev despiertan la alarma en las provincias rusófonas y sobre todo en la República Autónoma de Crimea.

Crimea es hoy día el centro de todas las miradas internacionales. Región de población mayoritariamente rusa con minorías ucraniana y tártara originarios de la península. Si la distribución territorial de Ucrania es verdaderamente compleja, Crimea representa la complejidad absoluta en sus características geopolíticas, estratégicas y sociales. Su declaración de independencia el 11 de marzo de 2014 y el referéndum con resultado a favor de integrarse en la Federación Rusa del 16 de marzo abre la brecha una vez más en el cumplimiento del derecho internacional. Aún así, si atendemos a antecedentes históricos: hasta 1954, Crimea pertenecía a Rusia y fue cedida por el presidente soviético Nikita Kruschev a la República Socialista Soviética de Ucrania, sin prever que la Unión Soviética desaparecería en 1991 y abriría el conflicto por la soberanía de la península. Ya desde entonces se han producido múltiples reivindicaciones sociales y políticas para su retorno a Rusia.  De hecho, esta cuenta con el control de una base militar, la famosa Flota del Mar Negro, en la ciudad crimea de Sebastopol, cedida a Rusia hasta 2042.

Los acontecimientos recientes cambian por completo los estatutos que rigen la soberanía de Crimea. Hoy día tras la firma de adhesión a la Federación Rusa el 18 de marzo, pertenece a esta de facto. No hay un reconocimiento internacional sobre esta transferencia de poder, y los mayores defensores de la unidad de Ucrania vienen siendo la Unión Europea, Estados Unidos y el gobierno ucraniano como es obvio. Parece bien claro que no cumple con el derecho internacional, pero el presidente Putin siempre encuentra argumentos claros que ponen en evidencia la hipócrita posición del mal llamado "bloque occidental". Como siempre Kosovo aparece en cualquier justificación de Vladimir Putin. Los graves errores de la Alianza Atlántica en la antigua Yugoslavia siempre sirven para callar las voces occidentales. Ya ocurrió con la guerra de Georgia en 2008 con la independencia de facto de Abjasia y Osetia del Sur y ahora ocurre con Crimea, con mayor relevancia para los intereses rusos.

No es sino una muestra más del hard power que las grandes potencias pueden llegar a ejercer para escapar fácilmente de la débil aplicación del derecho internacional. La Unión Europea no puede posicionarse muy a la defensiva de Rusia pues el abastecimiento energético de muchos de sus miembros depende en su mayoría del gas natural ruso. Rusia amenaza con la intención de buscar nuevos socios energéticos, lo que debería hacernos temblar o de otra manera convencer a Rusia de que no es buena idea dar tal estocada cuasi mortal a la economía europea. Mientras tanto Estados Unidos tiene mayor libertad de margen y puede permitirse comentarios de sus responsables de asuntos europeos en el Departamento de Estado como "que se joda la Unión Europea". Terrible será si los europeos tenemos que sufrir las consecuencias de acciones imprudentes decididas desde el otro lado del Atlántico.

Ucrania por su parte sigue su proyecto de convocar elecciones el mayo de 2014 pero con el miedo de que Rusia dé un paso más en su territorio. Por decirlo de alguna manera, parece que Ucrania no es dueña de su propio destino. Intereses rusos e intereses euro-estadounidenses se reparten la influencia sobre el terreno sin importar las consecuencias en la propia población, pues esta es y será la que las sufra. Las nuevas fuerzas en el gobierno de Ucrania entre ellas grupos ultranacionalistas, véase el partido Svoboda, son alentados por una Unión Europea temerosa de los partidos nacionalistas de sus miembros que amenazan con desestabilizar por completo el proyecto europeo. Estados Unidos se lamenta de ver limitada su influencia militar en el Mar Negro, y Rusia se siente reina y dueña del destino de la región. No hay mas que ver cómo la popularidad del señor Putin ha crecido hasta un 70% entre la población rusa.

Las previsiones futuras se mueven en un verdadero campo de incertidumbre. Algunas de ellas apuntan a un probable avance de Rusia en las provincias prorrusas promoviendo celebraciones de referéndum de adhesión entre la población favorable a Rusia y críticas con el nuevo gobierno en Kiev, lo que podría dividir por completo el estado ucraniano. Por otra parte, las visiones más prudentes esperan un estancamiento del avance ruso limitado solo a Crimea, y la llegada a un difícil acuerdo que no ponga en peligro la estabilidad del continente europeo. Sin embargo viendo la trayectoria actual, no creo que las perspectivas futuras sean benévolas. Lo que sí esta situación ha provocado ha sido desatar las alarmas en otros Estados que una vez pertenecieron a la antigua URSS y poseen una importante población rusa. Veremos si esto trae efectos en otras regiones separatistas como en el caso de Transnistria en Moldavia.



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