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El martes 24 de enero de 2017, el nuevo presidente de Estados Unidos, en su frenética primera semana en el Despacho Oval, cumplió otra de sus amenazas...digo promesas electorales: La aprobación de la construcción de dos oleoductos recientemente bloqueada por el expresidente Obama. Estos dos oleoductos son el Keystone XL y Dakota Access.
Estos proyectos comenzaron a llevarse a cabo desde que fueran aprobados en 2010. Keystone XL, desarrollada por TransCanada Corporation, sería un oleoducto de 1897 km que llevaría hasta
830.000 barriles de petroleo diarios desde el Estado canadiense de Alberta hasta Steele City, en Nebraska, donde se uniría a otro oleoducto ya existente.
Dakota Access alcancaría los 1900 km de longitud y transportaría 470.000 barriles de petroleo desde el Estado de Dakota del Norte hasta las refinerías en Illinois.
Las principales razones de construcción de estos nuevos oleoductos serían abaratar los costes del transporte del petroleo en territorio norteamericano y reducir la dependencia del crudo de Oriente Medio, y de México y Venezuela.
Su construcción no sería tan controvertida si no fuera por el riesgo que suponen para el medio ambiente. A pesar de llevar más de séis años siendo proyectadas, el expresidente Obama ya envió a revisión ambos proyectos en 2012, los cuales fueron rediseñados ante los continuos avisos de riesgos potenciales por poder inducir a catástrofes medioambientales. En 2015 ambos proyectos volvían a ser cuestionados ya que podrían en peligro el liderazgo y el compromiso de Estados Unidos con el medio ambiente y la lucha contra el cambio climático,
Recientemente, las protestas en Dakota del Norte empujarían el bloqueo definitivo de Obama a la construcción de los oleoductos, proncialmente el Dakota Access ponía en peligro las reservas de tribus nativas Sioux. Las protestas llegaron a convocar alrededor de 4000 personas entre ellas pertenecientes a alrededor de 200 tribus nativas, cientos de veteranos de guerra, celebridades y miembros del Partido Verde de Estados Unidos.
A pesar de las protestas y sabiendo que el nuevo presidente no daría su brazo a torcer, los proyectos han vuelto a ponerse en marcha de la noche a la mañana.
Nadie cuestiona la aversión de Trump a todo aquello que suene a verde, a naturaleza, a biodiversidad o a lo que sensibilidad ambiental se refiere. Para Trump, el progreso viene de la mano de la contaminación, de la negación del cambio climático y el daño irreversible que el ser humano causa en el entorno en el que vive. Su gran atracción por los combustibles fósiles y el gran portazo a la investigación y el desarrollo de energías renovables lo convierten en un mandatario más bien siniestro e inconsciente de sus decisiones.
El presidente, en su justificación, afirma que la construcción de los oleoductos con materiales hechos en Estados Unidos y mano de obra estadounidense, traerá 28.000 "estupendos" empleos para ciudadanos estadounidenses, valga su discurso redundantemente nacionalista.
En gran manera, esta decisión pone absolutamente en peligro gran cantidad de especies animales y vegetales que habitan en Dakota del Norte, al mismo tiempo que supondría la destrucción de gran parte de la Reserva India Standing Rock, donde gran parte de la población Sioux vive intentando mantener las pocas tradiciones que quedan después de la llegada del hombre europeo. Para más inri, esto supone el destrozo de lugares sagrados en la cultura Sioux así como el riesgo de contaminación de las aguas que abastecen la reserva y el suelo en el que se desarrolla la economía agrícola.
Visto lo visto, importa más el negocio que se generará que el propio respeto a la tierra que nos da de comer. Cuando aquellos trabajadores que hayan ocupado esos 28.000 estupendos empleos temporales se vean de nuevo en la calle, descubrirán que solo han sido parte de los intereses de las grandes empresas energéticas a cambio de un puñado de dólares que les solo les permitirá sobrevivir en una tierra lo suficientemente contaminada como para no albergar vida de ningún tipo en un futuro cercano. Pronto todos nos lamentaremos del ecosistema perdido y de la pobreza causada por la ambición de unos pocos.
Esta es la manera en la que un gobierno "respeta" la historia de la tierra que ha colonizado y ha despojado de sus habitantes nativos, confinándolos en pequeños territorios que a su vez se encuentran en peligro de desaparecer como justificación del progreso y del imperio del dolar.
De alguna manera creo que la mayoría de los estadounidenses desaprueba estas acciones contraproducentes tomadas por el señor que se sienta en la Casa Blanca, elegido por la minoría. Así, aunque sin gran esperanza, espero que muchas de estas decisiones sean paralizadas por el bien de nuestra especie.
Hay un proverbio indígena de cierto jefe de una tribu que decía:
"Sólo hasta que se haya talado el último árbol, contaminado el último mar y muerto el último pez, el hombre entenderá que el dinero no se puede comer"

