domingo, 23 de marzo de 2014

Del 22-M a la muerte de Adolfo Suárez

Volviendo al panorama nacional, hemos tenido un fin de semana intenso en cuanto a información mediática se refiere y por tanto quisiera plasmar mi valoración sobre la escena política española de los últimos días. Me hubiera gustado dedicarle una entrada a cada uno de los acontecimientos pero he decidido no extenderme tanto y poder encontrar una relación entre ellos. De hecho, antes de que comience el "Clásico" y encuentre otros argumentos con los que criticar despiadadamente tan importante encuentro deportivo, prefiero centrarme en lo ya sucedido. Quede constancia de que estaré al tanto del partido.

Sábado 22 de marzo, la prensa tanto televisiva como escrita comienza a dar cierta relevancia al movimiento 22M, es decir, la llegada a Madrid de todos los rincones de España de decenas de miles de personas (o incluso más, ya que la manipulación de los datos está a la orden del día) que se concentran en una manifestación multitudinaria para denunciar la grave crisis política que nos inunda en todos los ámbitos. Ya había comentado anteriormente con bastantes personas que los medios de comunicación no habían dado información los pasados días sobre el evento, a excepción de los más orientados hacia la izquierda política y en las redes sociales. No parecía un hecho de importancia como para avisar a los ciudadanos poco avezados en el mundo de internet, al fin y al cabo las consecuencias no serían novedosas. Sin embargo, el día anterior, el político Adolfo Suárez Illana comunicaba a la prensa el progresivo deterioro de la salud de su padre, el expresidente del gobierno, Adolfo Suárez, cuyo fallecimiento sería inminente en las siguientes 48 horas. Tales informaciones se extendían por los informativos de la televisión a la velocidad de la luz. Reportajes y entrevistas sobre la vida y carrera del presidente clave de la Transición Española se emitían desde las primeras informaciones tal como si el expresidente hubiera fallecido, pero la realidad es que todavía se encontraba acompañado de su familia en sus últimos momentos. El revuelo mediático supera mi capacidad de juicio: estaba todo preparado para el inminente desenlace, el Congreso preparado para ser la capilla ardiente, las televisiones intensificando su recuerdo al fallecido, la misa ya programada, y el expresidente todavía en vida. Todo ello me causa una extraña sensación, un interés por el sensacionalismo ante un evento doloroso para una familia, y sin embargo otras noticias importantes quedan relegadas a un segundo plano, o a un tercero. 

Esta mañana las informaciones en los periódicos recogían lo peor de las protestas. Grupos radicales antisistema eran anoche protagonistas de la violencia en las calles de Madrid, y por tanto venían a representar el espíritu del 22M, y cómo no, los titulares no podían ser menos duros descalificando las maifestaciones de ayer: un saldo de 24 detenidos y 101 heridos, entre los cuales 69 eran policías. Así se descalifican las reivindicaciones ciudadanas. Miles y miles de personas, tras pesadas horas de viaje, vienen a alzar la voz y clamar por los derechos que nos pertenecen a todos, por la situación insostenible de muchos españoles y como rezaba el lema, por la "dignidad" a poder vivir, a poder tener un futuro en este país. Mientras tanto los protagonistas de la jornada se reducían a menos de un uno por ciento del total de personas en la manifestación. Grupúsculos radicales obtienen su momento de gloria causando disturbios, destrozos del mobiliario urbano, o arrojando adoquines de la calzada a la policía, unidos a las represalias de los antidisturbios, lo que lo convierte en una batalla campal ya cotidiana en la capital. 
Nota para los foráneos: no pretendo dar a entender que en mi ciudad en cualquier parte puedan encontrarse batallas de este tipo con la policía. Puedo asegurar que en las calles más céntricas se respiraba un ambiente absolutamente tranquilo de fin de semana.

Precisamente de esta manera deslegitimamos el valor de nuestras reivindicaciones. Aquellos colectivos reducidos de antisistema no se percatan de que sus acciones acaban volviéndose en su contra, y en contra de todos. Son objetivo fácil en los argumentos de las autoridades políticas para descalificar a la ciudadanía manifestante y por tanto seguir tomándonos el pelo. Mientras hagan uso de la violencia injustificada en nombre de todos, difícilmente podremos dar una lección de ciudadanía y nos sumirá en un mayor inmovilismo ante los mayores recortes de la democracia en España.

Democracia, bonita palabra, que desde el medio día de hoy no paraba de repetirse en los medios ante la reciente muerte de Adolfo Suárez, primer presidente del gobierno español elegido democráticamente en España desde las últimas de la Segunda República Española en 1936. No podemos olvidar su papel clave, aquel que era un político poco conocido saltaba a la escena española de la recién estrenada democracia. Entonces España comenzaba a dar sus primeros pasos de libertad política en la historia reciente. Si bien es verdad, las críticas a la Transición nunca faltan, pues hoy día contemplamos las consecuencias tanto buenas como malas de aquel proceso. Un consenso entre fuerzas políticas y nacionalistas de toda índole cuyo objetivo era la intención de borrar el mito de las dos Españas, pero que no pudo evitar los desacuerdos que siguen a la orden del día. Es fácil criticar un proceso de democratización, pero también es dificil de consensuar. Desde mi punto de vista, no cuestiono el papel de los artífices de la Transición a pesar de mis discrepancias ideológicas, pero me hace reflexionar sobre el mérito de lograr un acuerdo entre fuerzas opuestas, profundamente marcadas por la Guerra Civil y 40 años de Franquismo. 

Los errores o los agujeros del proceso de la Transición son difíciles de evitar, y por ello a medida que avanzamos en la construcción de una España más estable, se van vislumbrando. Por ello nos cuestionamos ¿monarquía o república?, ¿Estado de Autonomías, federal o unitario?, ¿Estado laico o aconfesional?, ¿recuperación de la ley de memoria histórica? y un sinfín de preguntas que mantiene las discrepancias entre la población española y que culpan al post-Franquismo de no haberlas resuelto. Es verdad que los sucesivos gobiernos no han logrado establecer por completo los objetivos idealizados de la Transición, a la que ya se llega a calificar de "mito", pero debemos tener en cuenta que el papel de políticos como Adolfo Suárez fue un ejemplo tanto a nivel nacional como internacional de que España estaba dispuesta a llevar a cabo una trayectoria democrática sin más derramamiento de sangre.  
Por este motivo los ciudadanos debemos tomar parte de la democracia, no reducida a echar un papel en una urna cada cuatro años, sino de reivindicar nuestro papel como sociedad madura, dueña de su futuro. Ya sé que son palabras redundantes e idealizadas pero si seguimos en la senda del inmovilismo temeroso al radicalismo y complaciente con los excesos y abusos de nuestros gobernantes, y el extremismo deseoso de ganar adeptos fáciles y desestabilizar por completo la democracia, no nos aseguraremos alcanzar nuestros objetivos comunes. Seamos consecuentes. 





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