viernes, 19 de septiembre de 2014

Votaron con cabeza lo que el corazón no pudo sostener


Picture: Ian Rutherford

Después de un vacío cuatrimestral, he de disculparme por las dificultades técnicas de acceso y la falta de tiempo para alimentar este desértico blog. Prometo escribir más a menudo siempre que las condiciones tecnológicas lo permitan.
Y coincidiendo con un acontecimiento internacional de alta relevancia, del cual espectadores de televisión y usuarios de las redes sociales han sufrido un bombardeo masivo en los últimos días, vengo a dedicar esta entrada para rematar la faena.

Entre ayer y hoy más de uno habrá querido desconectar del mundo para dejar de saturar la cabeza con información que olvidaremos en pocos días. Pues aquí vengo yo como buen freak de estos asuntos para aportar mi punto de vista. Sí, es la deseada consulta en referéndum sobre si Escocia se separaba del Reino Unido o no.
En un acto de democracia en toda regla y con una participación que supera el 80%, los escoceses han decidido seguir formando parte del Estado al que han pertenecido por más de 300 años. Es verdad que alrededor de un 45% ha votado en pro de la independencia, y al ser casi la mitad del electorado es difícil acordar una solución que contente casi al 100% de la población, pero así es la democracia.
Pero para que el sistema democrático funcione de manera coherente, se puede considerar un movimiento inteligente el del Primer Ministro británico David Cameron, que ha arriesgado su puesto y débil prestigio autorizando la consulta. Además es envidiable el consenso obtenido y la promesa de la llamada “tercera vía”, es decir acordar una mayor autonomía política, fiscal y en materias sociales para Escocia dentro de la unión del Reino Unido. Sé de algún gobierno que debería aplicarse el cuento.

Dada la situación, parece inevitable establecer comparaciones y analogías entre Escocia y nuestro quebradero de cabeza en Cataluña. Muchas veces nos venden la moto de que son procesos prácticamente iguales. Desde una manera simplista y arcaica comparamos el hecho de que existen dos territorios cuya población comparten una lengua diferente a la oficial del Estado y unas tradiciones características, añadiendo el potencial económico del cual el Estado central se aprovecha vilmente. Tras esta descripción salvajemente simplista, también podemos matizar que las constituciones del Reino Unido y del Estado español son diferentes. El proceso de autodeterminación escocés viene dado por las características que forma la unión británica entre sus cuatro entidades autónomas. El Estado español responde a otras.

En todo caso y de manera personal, apostaría por una reforma constitucional que permitiera una ley de consultas para la autodeterminación de Cataluña. No hay mayor ejemplo de democracia que la de que los propios ciudadanos decidan si quieren crear un Estado propio o seguir en el Estado en que nacieron. Ahora bien, estar a favor de la consulta no significa estar a favor de la independencia.  

Hemos visto reflejado en los resultados del referéndum que los escoceses piden coherencia y estabilidad. Un nuevo Estado en una de las mayores potencias económicas de Europa crearía una incertidumbre en el futuro cercano y una inestabilidad dentro de la Unión Europea y el conjunto de tratados internacionales que no se pueden predecir. Incluso debemos tener en cuenta las consecuencias para el propio nuevo Estado que supone construir nuevas instituciones, establecer relaciones bilaterales con el resto de Estados, reconfigurar un modelo económico y político nacional, y lo que a muchos causa mayor inquietud, dejar un territorio fuera  de tratados internacionales de seguridad como la OTAN, o fuera del club europeo. Muchos somos los que criticamos ambas instituciones pero sin ellas no podemos predecir si la seguridad del Estado se vería seriamente afectada, y con ello la seguridad de los ciudadanos que votaron por un constructo social que es posible que no se pueda llevar a cabo.


Por tanto y para concluir, parece apasionante dejar aflorar Estados-nación surgidos de aquel modelo ya planteado desde la Ilustración francesa, rescatado en el siglo XIX y latente hasta nuestros días. Una implementación de una idea que no concuerda con las dinámicas políticas y económicas globales del siglo XXI. Hablamos una y otra vez del derecho de la autodeterminación de los pueblos, diseñado especialmente para terminar con un sistema colonial que condenó a la dependencia económica crónica a gran parte de los Estados del mundo. Los nacionalismos subestatales en Europa rescatan la idea para aplicarla en el viejo continente, que mira hacia otra dirección, una dirección hacia una Europa común que vive sus horas más bajas de popularidad. Pero no debemos subestimar el sentimiento de unidad porque juntos podemos cambiar el modelo que viene aumentando las desigualdades entre ciudadanos. Una Europa desunida y de microestados puede ser arrasada por falsas promesas demagógicas, extremismos ideológicos que distan radicalmente de las buenas intenciones del conjunto de la población que reclama su derecho a participar en el sistema que ha heredado y mejorar sus condiciones de vida de una vez por todas.

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