Queda poco más de una semana para que se celebren en España las elecciones al Parlamento Europeo y el ambiente se hace notar. Esperamos que sean pocos los que queden sin saber que el próximo 25 de mayo hay que meter otra vez el papelito en la urna, pero no será fácil no enterarse. No hace falta nada mas que poner la tele y ver cómo nuestros queridos políticos vuelven a celebrar su particular "Navidad" electoralista: buenas intenciones, compromisos, promesas, generosidad, democracia, etc., aunque a alguno se le escape de vez en cuando grandes perlas que no pasan desapercibidas, aún menos realizadas en un debate televisado.
Al caso, estas elecciones tienen un toque distinto, algo diferente que no mucha gente conoce, básicamente debido a la falta de información. No es que enviemos a señores más preparados al Parlamento Europeo, ni que se inaugure una nueva decoración en el hemiciclo. En 2009 se aprobó el Tratado de Lisboa, cosa que para muchos ciudadanos europeos poco les dice. Explicándolo a pie de calle, con este tratado firmado hace 5 años, las elecciones de este año darán un mayor poder al Parlamento Europeo para aprobar leyes, es decir, haría las funciones similares a las del Congreso de los Diputados en España, la Asamblea Francesa o el Parlamento de Italia, por poner tres ejemplos.
Existe una serie de grupos políticos europeos en el Parlamento Europeo, entre ellos los más conocidos: Partido Popular Europeo (EPP), Socialistas y Demócratas o Partido Socialista Europeo (S&D), Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ALDE), el Grupo de los Verdes o la Izquierda Unitaria Europea. También cuentan con representación otros partidos como las agrupaciones euroescépticas, pueblos no representados y aquellos no inscritos e independientes.
Cada partido español al cual votamos se encuentra inscrito en alguna de estas formaciones, o pueden representar un grupo independiente. Es fácil intuir a cuales pertenecerán los más votados a nivel nacional. Por tanto nuestros eurodiputados españoles se encuentran formando parte de ese gran grupo político europeo, que tendrá un cabeza de lista, como todo partido. Así por el Partido Popular Europeo el cabeza de lista es Jean-Claude Juncker, por el Partido Socialista, Martin Schulz; la Alianza de los Liberales con Guy Verhofstadt; en el Partido Verde comparten cabeza Ska Keller y José Bové; y el Partido de Izquierda Unitaria es representado por Alexis Tsipras.
Cada Estado tiene asignado un número específico de escaños en el Parlamento, así a España le corresponden 54 asientos de los 751 totales que serán repartidos en función de los partidos nacionales a los que votemos. Este reparto ha sido modificado de los 766 escaños actuales a 751 para cumplir con el Tratado de Lisboa y encajar la adhesión de Croacia el año pasado. España ha conservado sus 54 asientos por lo que diríamos que adquiere mayor representación respecto a la totalidad del Parlamento. Esto deja claro que el señor Arias Cañete y la señora Valenciano tienen prácticamente asegurado su puesto como eurodiputados pero la diferencia la marcará la lista de candidatos que lleven con ellos a Estrasburgo y engrosen los escaños pertenecientes a las grandes coaliciones políticas antes mencionadas.
El cabeza de lista del partido que consiga más escaños y llegar a la mayoría requerida, será propuesto para el cargo de Presidente de la Comisión Europea y aprobado por los miembros del Parlamento resultante de las elecciones. El nuevo presidente, en sustitución del actual, Durao Barroso, elegirá los miembros que compongan la nueva Comisión, de entre ellos el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (equivalente a ministro de Asuntos Exteriores), que tomará el relevo de Catherine Ashton. Los nuevos miembros tendrán que someterse al voto de aprobación del Parlamento. Es decir, el Parlamento Europeo tendría una función más similar al Congreso de los Diputados español, y la Comisión albergaría el poder ejecutivo, el Gobierno.
Después de toda esta explicación, prosigo mi valoración sobre el transcurso de la campaña electoral. Y es que a decir verdad, más que una campaña electoral europea, tiene tintes de revanchismo a escala nacional. El debate en TVE entre el candidato popular y la candidata socialista fue de los que menos audiencia obtuvo entre todos los debates electorales, y con razón. Aquellos que nos interesamos en cierta medida por la política echamos de menos una perspectiva europea que fue escasamente mencionada, mientras que los argumentos fundados en el "y tu más" se asemejaban más a un partido de tenis de mesa que a un debate serio. Pero parece que nos hemos acostumbrado a este diálogo monótono y sin contenido. Lo preocupante es que todavía muchos electores no saben para qué sirve su voto gracias a esta desinformación y anteposición de los intereses nacionales en unas elecciones donde las promesas electoralistas a nivel España tienen poco que ver con su finalidad real. Al fin y al cabo, los partidos españoles lo toman como un barómetro de cara a las elecciones generales el año próximo.
Por suerte, en nuestro país no se produce con fuerza un fenómeno, si cabe, inquietante, que en otros Estados ya comienza a dar avisos de que algo no va bien en Europa. Es el gran ascenso de partidos nacionalistas y abiertamente eurófobos dispuestos a dinamitar las bases de la Unión Europea. En Reino Unido, Francia y Países Bajos, el UKIP, Front National y PVV esperan ser los partidos más votados y reivindicar la salida de estos Estados de la UE volviendo a la Europa de las fronteras nacionales. No hay más que leer las declaraciones del holandés Geert Wilders, lider del PVV: "los europeos no existen".
Este preocupante apoyo creciente a los partidos ultranacionalistas no tiene otra explicación que el descontento ciudadano con la gestión de la crisis económica por parte de las instituciones europeas, la polarización económica entre el Norte y el Sur europeos, el desempleo en aumento y la migración dentro de las fronteras internas que despierta la desconfianza entre los Estados miembros. Tales formaciones populistas han encontrado la ocasión perfecta para captar adeptos señalando cada día nuevos chivos expiatorios que invaden nuestras fronteras para traer el mismo mal de los infiernos.
No es este el único problema en ascenso de cara a las elecciones, sino también la alta abstención prevista. El descontento con la clase política lleva a muchos a plantearse no votar en las elecciones, y esto no hace más que favorecer precisamente a quien menos uno espera dar el voto. Un voto menos es regalárselo a aquel partido al que más detestas, es perder la oportunidad para expresar el propio descontento, o por el contrario, la identificación ideológica con los candidatos a representarnos. Muchos nos encontramos en la tesitura de no saber a qué partido dirigir el voto.
En estas elecciones, como un europeo más, animo a votar a todos los que son llamados a ejercer su derecho. A pesar del resentimiento general, de la falta de información y la cuestionada credibilidad de nuestros políticos, si no votamos, nunca lograremos cambiar nada. Las urnas son una de las formas tradicionales de manifestarse la democracia moderna, la cual es mejorable, pero es la que otorga poder al pueblo para decidir su futuro. Si no nos movemos, si no ejercemos el derecho a voto, no tenemos derecho a quejarnos de los resultados ni a reivindicar otros gobernantes para un futuro mejor.

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