Cuando hablamos de Suiza hablamos de un Estado más bien
montañoso en el centro de Europa que ha constituido un modelo de democracia
propio, gestionado de manera diferente al resto de países europeos. Suiza
ha representado y lleva escrita la palabra “neutralidad” en su historia, y parece que lo lleva a
cabo en todos los sentidos. El pasado día 9 de febrero de 2014 se llevó a cabo
un referéndum de esos a los que tanto se recurre, por el que se decidía poner cuotas a la entrada de extranjeros europeos a la Confederación Helvética, lo que viene a ser lo mismo que limitar el acceso de otros europeos a trabajar o vivir en Suiza. Sorprendentemente
y contra los pronósticos más optimistas, un 50,3% de los votantes, es decir,
una ligerísima ventaja, demandaba la imposición de restricciones al acceso de
europeos no suizos al mercado nacional.
No son pocas las reacciones dentro y fuera de Suiza. La
Unión Europea ya ha comenzado a tomar medidas en lo que considera como un
atentado contra el principio de libertad de movimiento. En 2002, Suiza entraba
a formar parte del Espacio Schengen amparado en este principio, lo que
facilitaba por tanto, no solo el movimiento de personas sino también de bienes y
capitales. Esta medida resultó en una dinamización de la economía suiza de
manera que ha logrado un crecimiento económico constante. Este crecimiento no apareció
por arte de magia sino que precisamente ha ido gestándose gracias al
acercamiento de Suiza a la Unión Europea. De hecho es de destacar que el 23% de los habitantes
suizos son extranjeros.
Muchos nos sorprendemos de los resultados obtenidos en la
votación. No cabe duda de que los partidos más nacionalistas del país han
conseguido llevar adelante lo que no han podido en 40 años. Precisamente sin
ofrecer información sobre los beneficios ni inconvenientes que pueden derivarse
de la decisión, y acudiendo al componente emocional de los ciudadanos de Suiza,
han conseguido manipular su decisión y fomentar esa prevalencia del orgullo
nacional en detrimento de la internacionalización de la sociedad, inevitable hoy día.
Es de esperar que nos preguntemos cómo es
posible que un país con una tasa del 3%
de desempleo y un crecimiento económico favorable, acabe por dar un mazazo a su
propio mercado laboral. En parte sí que podemos darle respuesta, y es que lo que lleva a
fomentar el miedo al extranjero es precisamente el propio atractivo laboral
helvético mezclado con una situación de crisis económica y altas tasas de
desempleo en países como España, Grecia, Portugal y los trabajadores provenientes de su vecino del sur, Italia. Miedo infundado por supuesto cuando la mayor
cantidad de extranjeros residentes en Suiza son alemanes. Una medida así no
hace más que entorpecer la búsqueda de mano de obra cualificada por parte de
las empresas suizas. No hay necesidad de establecer medidas para combatir
ninguna tasa de desempleo, los extranjeros reciben un salario menor que los
propios suizos en aquellos puestos que ellos rechazaron. Así es la dinámica
migratoria en Suiza y en cualquier país europeo.
Además, si el proceso legislativo sigue adelante, no saldrá
precisamente barato. La Unión Europea no lo pondrá tan fácil cuando ya ha solicitado
la revisión de varios acuerdos bilaterales entre los más de 120 que tiene con
Suiza. Esto pone en cuestión además la libertad de movimiento de los propios
ciudadanos suizos dentro de la Unión Europea, y llevado en el último término,
la suspensión completa del espacio Schengen en territorio suizo. Todas estas
trabas no se quedan solo en eso sino que afectaría a otros acuerdos como las
becas Erasmus y programas de investigación y cooperación conjuntos con la Unión Europea.
No haría más que fomentar el aislacionismo y en definitiva repercutiría en su propia
economía.
Pero no todo son abucheos ni decepciones. Los partidos
eurófobos aplauden todo lo que suene a anti-inmigratorio o anti-Europa. Así
como políticos ultranacionalistas de la talla de Marine Le Pen, Nigel Farage o Geert
Wilders han recibido la noticia con especial entusiasmo alegando que si los
suizos combaten la inmigración “masiva”, sus naciones también lo podrán hacer.
De esta manera la eurofobia alimenta a una eurofobia aún mayor incluso dentro de
las propias fronteras de la Unión Europea.
Por tanto, este revés antieuropeo nos deja con la
incertidumbre de hasta qué punto las decisiones tomadas en un Estado no miembro
de la Unión Europea pueden llegar a afectar y a impulsar los sentimientos
anticomunitarios incendiados por sectores populistas en Estados
tradicionalmente europeístas algunos y euroescépticos otros. No solo es un
revés para la Unión Europea como actor internacional sino también para la propia ciudadanía descontenta
con las instituciones europeas. Ciertos sentimientos apagan las posibilidades
de reformas fundadas en la autocrítica y la demanda de una participación
ciudadana en búsqueda de un beneficio común a través de la solidaridad entre
los Estados de un continente. La fobia a Europa construye columnas de humo con
un engañoso patriotismo épico que pretende dar al traste con más de 60 años de
historia a través de la manipulación emocional de la sociedad.
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