lunes, 10 de febrero de 2014

Los Juegos Olímpicos de Sochi y las polémicas leyes homófobas en Rusia

Para inaugurar este blog, se me ha ocurrido acceder a un tema de inminente actualidad. Desde el 7 de febrero se lleva celebrando una nueva edición de los Juegos Olímpicos de Invierno. Esta vez la suerte le ha tocado a la ciudad rusa de Sochi, a orillas del Mar Negro. EL gran auge de la Federación Rusa no se queda solo en lo político, económico o militar, sino que también pretende expandir su imagen de potencia en el ámbito deportivo, lo cual es una buena manera de promocionarse.

A estos Juegos 2014 no se les prestaría mayor atención que la meramente deportiva si no fuera por otros asuntos que han levantado una gran polvareda internacional. Desde nuestros medios de comunicación en Europa siempre se ha mirado a Rusia desde una perspectiva más bien discordante. El giro cada vez más autoritario de su gobierno pone en evidencia la eficacia de un sistema que se dice llamar democrático. No solo es esta visión de un Estado heredero de continuos regímenes autoritarios, sino la cuestión que concierne a los propios ciudadanos rusos de si realmente el Estado protege y promueve sus libertades individuales. Habrá quien esté muy a favor del gobierno del señor Vladimir Putin, pero las voces discrepantes no son precisamente minoritarias. Y he aquí el quiz de la cuestión. La gota que ha colmado el vaso no ha sido ningún caso de corrupción, mala gestión política o económica, ni ningún otro caso de espionaje, etc. En junio de 2013 se aprobaba una ley federal para ilegalizar la "propaganda" homosexual, alegando una gran demanda social para proteger a los niños de la pornografía y la pederastia. Más llamativo resulta el eufemismo utilizado para ilegalizar las "relaciones sexuales no tradicionales", lo que tiene como consecuencia la prohibición de cualquier muestra de afecto de connotaciones homosexuales en la vía pública y la penalización de cualquier reivindicación por los derechos de este colectivo cada vez más amenazado.

En mayo de 1993, Boris Yeltsin aprobó la legalidad de las relaciones entre personas del mismo sexo, tras décadas de represión soviética, pero los constantes ataques de las alas más conservadoras y de la poderosa Iglesia Ortodoxa Rusa han contribuido a una marcha atrás en los derechos individuales de los ciudadanos rusos. Tal es así, que tanto antes como después de las nuevas medidas de prohibición, la comunidad LGTB rusa ha sufrido continuos episodios de violencia represiva, generalmente de parte de grupos de jóvenes neonazis, que realizan tales actos criminales justificando que luchan contra la pedofilia y pederastia, y que por tanto realizan un bien social, tanto que en ocasiones acaba con la muerte, tras violentos tratos vejatorios, de personas inocentes por el simple hecho de haber nacido homosexuales.

Ya no solo es el hecho de la prohibición a nivel institucional, sino la reacción de la sociedad ante estos casos. En general no se muestra favorable a utilizar la violencia contra el colectivo LGTB pero el rechazo hacia el "comportamiento gay" fomenta el silencio ante actos impunes, y por lo tanto legitima esta violencia que puede tener causas impredecibles para la seguridad del colectivo en el futuro. Si desde las edades más tempranas se asimila la homofobia como un sentimiento colectivo y aceptado socialmente, la tolerancia social se encuentra en peligro constante y se conseguirá la aprobación de la violencia en estos casos.

Hace poco vi un documental, del cual dejaré el enlace al final, en el que de cara a la celebración de los Juegos Olímpicos se abordaba la reciente prohibición con entrevistas a activistas LGTB pero también a consultores políticos cercanos al presidente Putin. El consultor entrevistado aseguraba que los homosexuales viven en un "cómodo y gran armario" que es Rusia. Ciertos comentarios cínicos no dejan de ser comunes, y si los sumamos a las campañas antihomosexuales, la población acaba por posicionarse cada vez más a favor de estas políticas.

Si bien, los Juegos de Sochi se han visto impregnados por este aura de denuncia internacional. Las declaraciones de las autoridades rusas de invitar a los deportistas homosexuales a abstenerse de participar y su consecuente rectificación ante la repercusión pública internacional, son una pequeña parte de la lacra de la intolerancia que no solo afecta a Rusia, sino a otros Estados vecinos europeos pero con menos repercusión en los medios. Los intentos de boicot a los Juegos se mantienen en atención permanente. Quizás no sea la manera más justa de reivindicar un derecho fundamental, ya que no son los juegos del gobierno ruso, ni de la  todopoderosa Iglesia Ortodoxa Rusa, sino de todos los rusos, pero sería conveniente dar cabida a esta reivindicación internacional de manera pacífica, al fin y al cabo la actuación de las autoridades en contra de delegaciones internacionales tienen mayor impacto mediático que si estas fueran realizadas por ciudadanos rusos.

Por otra parte, impera la hipocresía de los Estados en su representación deportiva, pues aunque exista el desacuerdo y la denuncia social, nadie mueve ficha en manifestar ese desacuerdo en un evento internacional de tal magnitud. De tal manera que aquellos que esperaban un cierto apoyo, observan con decepción cómo aquellos defensores de la igualdad y las libertades individuales miran a otro lado cuando se trata de enfrentarse a la Federación Rusa. Claro está que las autoridades nacionales pueden acusar al activismo internacional de entrometerse en sus asuntos internos, pero también es verdad que dentro de sus asuntos internos existe una realidad que ve su única esperanza en la presión internacional.

Como podemos imaginar, lo más probable es que la presión internacional nunca llegue a realizarse por un motivo como la defensa de los derechos humanos. Nunca han copado el escalafón más alto en las acusaciones a nivel interestatal a excepción de su uso como arma en la guerra. En todo caso, la mayor actividad surge por la denuncia de organizaciones no gubernamentales y reivindicaciones sociales, pero pocas veces surge el efecto deseado. Este no es más que uno de los miles de casos socialmente denunciados pero hipócritamente silenciados por los gobiernos. Si no permanece viva la reivindicación, tras los Juegos y el acostumbramiento ante estos atentados, los derechos y libertades pueden caer en el olvido hasta finalmente morir por cobardía.


Dejo aquí el link del documental en la página de Vice realizado por Miléne Larsson: http://www.vice.com/vice-news/young-and-gay-in-putins-russia-full-length-vice

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